viernes, 24 de octubre de 2014

LA ILIADA, DE HOMERO



Homero es, por excelencia, el poeta épico de la Grecia clásica. De la tríada tradicional, que distingue la literatura en épica, lírica y dramática, la épica parece el origen de la narrativa moderna occidental. Del relato de las hazañas de dioses y héroes surge específicamente la manera o forma literaria destinada a ser leída, para narrar y fijar diferentes acontecimientos en la memoria colectiva. La dramática, en el canon fijado por Aristóteles en su "Poética" se encargaría, sin embargo de reflejar hechos concretos susceptibles de ser representados. De ahí que hablemos de mímesis, y se define como "la imitación de una acción... realizada por personajes y no mediante narración... para un determinado fin o catarsis". De ahí que adaptar lo épico a lo dramático siempre requiere, cuando menos, una gran complejidad si no queremos desvirtuar por el camino el sentido primigenio de la obra.

Dimitris Maronitis parece haber realizado, según diversas referencias, una magnífica versión de La Iliada, de Homero, al trasladarla al griego moderno. Posteriormente Sthahis Livathinos ha realizado, junto a Elsa Andrianou, una adaptación de esta obra para el teatro. Adaptar es siempre pasar de un medio de expresión a otro, mientras que el término versión hace referencia a cualquier tipo de modificación textual sobre el mismo medio expresivo. Esta adaptación ha sido dirigida para la escena por el propio Livathinos y ha resultado este magnífico espectáculo de casi cuatro horas de duración, donde pese a la dificultad de la empresa no se ha suprimido ninguno de los 24 cantos originales de la epopeya homérica. Y esta se ha podido ver en Madrid, después de haber pasado también por el Festival de Mérida, con sobre-títulos en español.


De la puesta en escena hay que destacar su grandiosidad, tanto por su duración como por el elenco actoral formado por quince actores y un percusionista en directo. La dramaturgia aplicada destaca por el movimiento coreográfico de los actores, que van desplegando los diferentes cantos sin solución de continuidad, lo que hace que la enorme carga textual vaya fluyendo por el escenario de una manera casi etérea. Sobresalen las luchas o peleas dentro de un relato eminentemente bélico, que se solventan con frecuentes duetos corporales donde la técnica de las artes marciales y la ralentización de los movimientos hacen posible que pueda fluir armónicamente en  el imaginario del espectador todo un complejo entramado, que cinematográficamente requeriría miles de extras o su simulación informática.


Otro de los aspectos que contribuyen a la fluidez del espectáculo es la escasa o nula diferenciación entre el mundo de los humanos y de los dioses. Ambos mundos están interconectados e, incluso se produce el contacto entre ambos, pero en la puesta en escena todos los personajes parecen deambular en el mismo plano, alrededor de las murallas de Troya. A esto contribuye un vestuario modernizado, pero de corte mítico indeterminado, una expresión gestual enérgica y rotunda, una iluminación sin exabruptos y un espacio sonoro muy pertinente, sobre todo en los momentos que se necesita un determinado énfasis.

  
Otro grandioso éxito en esa nueva edición del ciclo "Una mirada al mundo", donde es posible descubrir a algunas de las grandes compañías internacionales y disfrutar de algo tan "exótico" como ver a Homero encima de las tablas y con una dicción griega sencillamente maravillosa. La ovación final fue de las más apasionadas de los últimos tiempos. También aconteció un extraño fenómeno,  en los actuales teatros madrileños, donde durante casi cuatro horas nadie del público osó romper la magia escénica y, por supuesto, apenas nadie desertó en el descanso de mitad de la obra. Fabuloso.

LA ILIADA, DE HOMERO.
DIRECCIÓN: STAHIS LIVATHINOS.
VERSIÓN GRIEGO MODERNO: DIMITRIS MARONITIS.
DRAMATURGIA: STAHIS LIVATHINOS Y ELSA ANDRIANOU.
VERSIÓN ORIGINAL EN GRIEGO, CON SOBRETITULOS EN ESPAÑOL.
DURACIÓN: 225 MINUTOS (CON INTERMEDIO) 
SÁBADO 18 DE OCTUBRE DE 2014
TEATRO VALLE INCLÁN DE MADRID
CICLO "UNA MIRADA AL MUNDO"


domingo, 21 de septiembre de 2014

MEDIDA POR MEDIDA, DE WILLIAM SHAKESPEARE Y DIRECCIÓN DE DECLAN DONNELLAN



Sublime puesta en escena de Measure for Measure de Shakespeare a cargo de Declan Donnellan, uno de los grandes directores británicos, que vuelve a Madrid ahora, un año después de su magnífico Ubú Roi, con este montaje en ruso en una producción de su compañía Cheek by Jowl y el Teatro Pushkin de Moscú, en coproducción, entre otros, con el CDN. Una de las mayores ovaciones vistas y oídas en los últimos años en los teatros de la capital.

Medida por Medida es una de las obras del genial bardo que se mueve a caballo entre la tragedia y la comedia. La acción se sitúa en Viena. El duque gobernante se ausenta de la ciudad y la deja en manos de un estricto subalterno, para ver si por esta vía se puede mejorar su gobernanza. Disfrazado de monje asistirá a las tribulaciones de Claudio, condenado a muerte por lascivia, y de su hermana Isabel, monja novicia, para salvarle del cadalso. La lección se nos mostrará plenamente vigente, ya que la intolerancia y los extremismos llevan en su seno el germen de la corrupción.


Una escenografía muy simple, con cinco grande cubos de color rojo, enmarcan un escenario vacío, sólo arropado por una música dulce y una iluminación exacta, donde los actores interactúan durante toda la obra formando un grupo que se mueve por todos lados dejando, o desgajando, a su paso a aquellos que configuran la siguiente escena. Con eso el director logra una gran movilidad de todo el elenco  y sugiere al espectador una especie de magia que crea los lugares y situaciones a partir del aparente caos y confusión que crea el grupo.

La interpretación de los actores del Teatro Pushkin, apremiada por este rutilante movimiento escénico, se manifiesta, sin embargo, pausada, contenida, serena y cálida, de la que surgen una dicción en ruso que parece desvanecerse en el aire ante la enérgica fragilidad de una gestualidad al servicio completo de la trama y que no se pierde en florituras innecesarias. El grupo enmarca y gestiona una conjunción tan perfecta que pareciera brotar espontáneamente de los actores, sin esfuerzo alguno.

Aunque todos los actores están espléndidos, destacaría a Anna Khalilulina, que en el papel de Isabel está verdaderamente maravillosa. Aparte de su gran belleza, hay que destacar su saber estar, su presencia imponente, sus gráciles movimientos y su gran versatilidad gestual, tanto para el drama como para la comedia. Soberbia.

Puesta en escena para saborear y recordar, donde lo aparentemente simple abarca toda la complejidad del gran Shakespeare para servirlo en su punto, plenamente vigente y actual. Es Donnellan, junto con otros grandes directores como Peter Brook, de aquellos que apuestan por darle el protagonismo a los actores y se dejan de experimentos dramatúrgicos, con gaseosa, de dudosa consistencia. Frente a esto, en un país como este, que carece de dramaturgistas, vemos como se impone taciturnamente la tendencia contraria. Las comparaciones son odiosas...





MEDIDA POR MEDIDA,  DE WILLIAM SHAKESPEARE
DIRECCIÓN: DECLAN DONNELLAN

UNA PRODUCCIÓN CHEEK BY JOWL Y TEATRO PUSHKIN DE MOSCÚ, EN COPRODUCCIÓN CON EL CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL (ESPAÑA) , BARBICAN (LONDRES) Y LES GÉMEUX/SCEAUX/SCÉNE NATIONAL (FRANCIA)

VO EN RUSO CON SOBRETÍTULOS EN ESPAÑOL
TEATRO MARÍA GUERRERO DE MADRID
DURACIÓN: 1 HORA 40 MINUTOS.
SÁBADO 20 DE SEPTIEMBRE DE 2014

domingo, 14 de septiembre de 2014

LA SANGRE DE ANTÍGONA, DE JOSÉ BERGAMÍN


Dentro del ciclo "Una mirada al mundo" llega al CDN esta coproducción, con la Compañía Nacional de Teatro de México, de La sangre de Antígona de José Bergamín (1895-1983), uno de los grandes intelectuales exiliados después de nuestra guerra civil. Esta propuesta escénica nace de la magnífica dirección del español Ignacio García y una versión del hijo del propio autor, y nieto del mismísimo Carlos Arniches, Fernando Bergamín Arniches, sin olvidar la estupenda dirección artística de la compañía mexicana ejercida por Luis de Tavira. Todo un lujo al que hay que añadir un elenco actoral mexicano de auténtica calidad, entre los que destacan una Antígona sublime encarnada por Érica de la Llave y una feminizada Tiresías a la que da vida la mítica actriz Rosenda Monteros.

  
La Antígona de Sófocles privilegia el dilema moral de la protagonista, que pone de relieve la disensión entre la justicia divina y la humana. Muertos sus hermanos, Eteocles y Polinices,  y habiéndose matado entre ellos en el asalto a Tebas, ya que cada uno luchaba en un bando, el rey Creonte niega la sepultura al segundo por haber luchado contra los vencedores. Entonces Antígona reclama el derecho a enterrar a su hermano, debido a que en la muerte debemos ser todos iguales. Hay que recordar que esta obra es parte del ciclo Tebano, donde todos estos son hijos de Edipo, y el nuevo rey es su tío, hermano de la reina Yocasta. La maldición de los padres se extenderá y continuará en sus hijos en una deriva que lleva a la extinción de la extirpe incestuosa.

  
En La sangre de Antígona prevalece la cuestión fraticida sobre el dilema que llevará a su protagonista hacia la muerte. Es una clara reminiscencia de la guerra civil española, tamizada por el culto a la muerte tan mexicano, que dota al espectáculo de un ambiente lúgubre y de intensa emoción. Si a esto añadimos la confesa inclinación del autor, que siempre se consideró cristiano, y al cristianismo más próximo al comunismo que al capitalismo, completamos un cóctel perfecto de sensaciones, de gran potencia poética y claro sentido reconciliador. Este no excluye otro reivindicativo, del igual derecho de todos a enterrar a sus muertos, sin olvidar que la obra fue escrita en 1955, y que se ha manifestado en los últimos años  bajo la denominación de  "memoria histórica", evidenciando algunos flecos y chapuzas derivados de nuestra modélica transición a la democracia.

El espacio sonoro, en clave procesional de Semana Santa, provee al conjunto escenográfico de una gran solemnidad. Una estructura móvil divide el escenario en dos partes al inicio del espectáculo, y posteriormente configura los diferentes espacios, llegando incluso a ocupar todo el escenario en primer término, donde sus 4x2 vanos rectangulares resultan practicables para los actores. En su interior se verifican sugerentes claroscuros y un nivel superior de actuación en el segundo piso.


El texto de Bergamín es esencialmente poético, con claras reminiscencias barrocas, lorquianas, así como de canciones populares. Esta fusión greco-cristiana alcanza su máximo apogeo en el monólogo de Antígona sobre el pan y el vino, al que añade la espada. La acción no es lo que sustenta el espectáculo, sino la emoción y la potencia de las imágenes, a las que se unen multitud de detonaciones de pistola que perturban el evidente tono de recogimiento del resto de la obra. El vestuario está actualizado en los hombres, que visten uniformes militares fascistoides, mientras que las mujeres aparecen con un predominio de la túnica o toga griega. Aquí destaca el papel del coro, que ha sido transformado en un coro femenino, que aporta una visión materno-filial, muy apropiado para el giro dramatúrgico instaurado.

Es de agradecer el poder seguir viendo un teatro que te llega al estómago, que sin perderse en peripecias inútiles, lleva al espectador donde quiere llevarle, que le atrapa en su butaca y es capaz de llegarle a lo más hondo. Teatro de verdad. Con sentido y para los sentidos.

  
LA SANGRE DE ANTÍGONA, DE JOSÉ BERGAMÍN
COMPAÑIA NACIONAL DE TEATRO DE MEXICO
DIRECCIÓN: IGNACIO GARCÍA
VERSIÓN: FERNANDO BERGAMÍN ARNICHES
TEATRO MARÍA GUERRERO DE MADRID
CICLO UNA MIRADA AL MUNDO
13 DE SEPTIEMBRE DE 2014

domingo, 7 de septiembre de 2014

LA PIEDRA LUNAR, DE WILKIE COLLINS



Este sugestivo título hace referencia a un diamante con un origen turbio. En realidad, se trata de una novela de Wilkie Collins escrita en 1868 y que, según parece, luego adaptó para el teatro en 1877. De esta versión teatral no tenemos noticias en idioma español. Al no estar la adaptación o versión firmada, debemos atribuírsela a la directora de la compañía Teatreves, Berta G. Castiella. Sea lo que fuere, adaptar novelas al teatro siempre ha sido complicado debido a que es difícil plasmar en cien minutos aquello que necesita cuatrocientas páginas para su desarrollo narrativo. También hay que apuntar que existen varias adaptaciones cinematográficas, auque no demasiado relevantes.

Un buen tono general de actuación salva la propuesta, que adolece de algunos reparos tanto dramatúrgicos como escénicos. El género policíaco, aunque hoy ha evolucionado mucho, cuenta a su favor el elemento resolutivo que ata todos los cabos, lo que hace posible que la carpintería dramatúrgica discurra sin sobresaltos. ¿Quién es el culpable? Esta es la cuestión y todo queda explicado al final. La cuestión es si esta explicación cuenta con la fuerza dramática para sostener dos horas de función.


Sin destripar nada hay que decir que de fondo hay una historia de amor. Rachel dirime sus afectos entre Franklin y Godfrey, el uno un tarambana y el otro demasiado formal. Ella está muy bien, cursi cuando tiene que serlo y atormentada cuando toca. Franklin parece más un pasota que un señorito ingles. Godfrey esta impecable, casi siempre frío y serio. Equívocos, malentendidos y reproches aportan a la intriga un fondo dramático.
Todo esto no se ha aprovechado para darle a la parte cómica un mayor empaque. Si bien es cierto que Miss Clark, la puritana carabina que acompaña a Rachel, borda el personaje de una respingona institutriz, no se aprovecha esto para darle la comicidad necesaria. Pasa lo mismo con la sargento Cuff, que en el original seguramente sería un hombre, y que ha sido trasmutado en una Holmes, con pipa y lupa incluidos, de tono erótico festivo que contrasta tanto con el resto que parece fuera de lugar. 

El doctor está en su papel racionalista, y para una broma que lanza es la única que funciona, seguramente por inesperada. Penélope, la criada, es una señora mayor que me muestra, a veces, demasiado maternal. Y Mr. Betteredge es el criado que también hace el papel de narrador. En la novela parece que varios personajes ejercen esta función dando una perspectiva más variada a la acción. En este caso el criado es el encargado de incorporar al espectador al ambiente decimonónico británico. Su seriedad y buena dicción, así como su contención y sobriedad de movimientos, hacen que el arranque sea prometedor. Para suplir la falta de esas otras voces narradoras, se prodigan los apartes para que todo queda bien explicado, pero no suelen producir el efecto cómico que se esperaría de algunos de ellos.


La escenografía, como corresponde a este tipo de producciones, es bastante pobre, aunque se la ha querido dotar de un cierto barroquismo en el mobiliario (mesas, sillones, etc.) para establecer ese ambiente aristocrático. Unos paneles decorados de fondo, en forma de V, dejan al abertura central para las entradas y salidas de los actores, quedando únicamente a la izquierda una salida para la habitación de Raquel y otra a la derecha que no se sabe muy bien a donde da. Mover ocho actores en un escenario tan mínimo, como lo es el de esta sala, no deja de tener su mérito, impidiendo que se produzcan aglomeraciones y dejando siempre al público con una visión correcta de lo que sucede en escena. 


La compañía Teatreves montó antes de esta obra La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, por lo que su querencia por el mundo anglosajón del XIX parece clara. En este sentido hay que resaltar que muchas de las obras de este origen se hallan inéditas o sin estrenar en España. En definitiva, entretenido teatro policíaco sin complicaciones hermenéuticas en esta propuesta escénica en cartel en la sala Plot Point de Madrid. 


LA PIEDRA LUNAR, DE WILKIE COLLINS
Compañia Teatreves
Dirección: Berta G. Castiella
Sala Plot Point de Madrid.
6 de septiembre de 2014

viernes, 29 de agosto de 2014

EDIPO REY, DE SÓFOCLES

Edipo rey es una de las obras clásicas grecolatinas más plenas y canónicas del teatro occidental. Su argumento, por tanto, es archiconocido para el espectador mínimamente iniciado. Esto no suele suponer que abordar su montaje sea más fácil, sino todo lo contrario. Llevar esta obra a Mérida con una compañía extremeña es todo un reto. Frente a los figurones mediáticos y televisivos que abundan en el festival se agradece el aire fresco que traen estas otras compañías, aunque incorporen a directores de prestigio como Denis Rafter.

Este, como responsable último de la puesta en escena, ha optado en esta ocasión, y de la mano de la versión del también extremeño Miguel Murillo, por presentarnos un Edipo un tanto atípico. El planteamiento dramatúrgico parece, de inicio, restar importancia al proceso interno del protagonista para derivarla hacia los aconteceres del contubernio ciudadano. El difuminar las entradas y salidas de los personajes que marcan los nuevos hitos en el (auto)descubrimiento de las circunstancias de la trama hace que pierdan fuerza las motivaciones del protagonista. El actor que lo encarna tiene que suplir con una pizca de histrionismo lo que no deja ver un desarrollo más confuso de los acontecimientos.
Estos desplazamientos dejan un tanto indefensos a los actores para acometer la tarea, por consabida que sea, de imprimir a sus personajes una plena actualidad. No sólo el espectador y los actores saben lo que va a pasar, sino que también parecen saberlo los personajes. El mismo coro de suplicantes adolece de la fuerza para exigir al monarca que ponga fin a la desastrosa situación de la ciudad, y parece más imbuido en intrigas internas u otras cuestiones partidistas. En este contexto los diversos mensajeros (Tiresias, Creonte, pastor, etc.) se configuran más como personajes anecdóticos, en vez de ser los verdaderos portadores del cambio constante que se cierne sobre la trama.

Yocasta es uno de los personajes más fascinantes del teatro occidental. Y no puede limitarse a constatar que alrededor de ella el mundo se derrumba sin intentar insuflar a Edipo la impronta de carácter que este necesita, hasta que la realidad se muestra irreconciliable con su misma persona. Asignarle un rol hierático, del que únicamente se aparta para gimotear su desgracia, no aporta nada al personaje, pese a los intentos de la actriz de darle al mismo la mayor dignidad posible.
La escenografía, sobre el imponente fondo arquitectónico romano, se centra en unos cubos practicables que sirven tanto de trono como de pedestal, y que contienen unos extraños números, que parecen corresponder a la primitiva numeración griega denominada acrofónica o ática, y que se alinearán al final para cerrar un espacio donde se verifica la tragedia.

Lástima de puesta en escena que se extravió entre vericuetos accesorios y autoflagelaciones. A lo mejor hay que pensar si el teatro en estos grandes espacios necesita más de acciones grupales o físicas, y de menos palabras ininteligibles. Interpretar no puede ser lo mismo en una sala mínima que en un gran espacio abierto. En el teatro griego había máscaras, pero no había susurros. La gestualidad y la psicología no se habían inventado. Por eso es complicado quererlas incorporar en un medio que tiene que matar la magia de la voz en directo con sistemas de amplificación. Estos confunden las voces y crean evidentes disonancias entre los diferentes códigos o artes que intervienen en esa otra global que es el teatro.
Por cierto, el trio cantante femenino, una maravilla.





EDIPO REY, DE SÓFOCLES

DIRECCIÓN: DENIS RAFTER

VERSIÓN: MIGUEL MURILLO

INTÉRPRETES: José Vicente Moirón-Edipo, Memé Tabares-Yocasta, Gabriel Moreno-Creonte, Javier Magariño-Tiresias, Juan Carlos Castillejo-Sacerdote, Camilo Maqueda-Mensajero, Jesús Manchón-Pastor, Francisco Quirós-Coro de suplicantes, Pedro Luis López-Coro de suplicantes, Javier Herrera-Coro de suplicantes, Ana Jiménez-Cantante /Coro de suplicantes, Ana Márquez-Cantante /
Coro de suplicantes, Laura Ferrera-Cantante /Coro de suplicantes, Pilar Brinquete-Criada, Vera Avellano-Antígona niña, Nuria Mordillo-Ismene niña

TEATRO ROMANO DE MÉRIDA

UNA COPRODUCCIÓN DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA Y TEATRO DEL NOCTÁMBULO.

24 DE AGOSTO DE 2014

miércoles, 4 de junio de 2014

LOS MÁCBEZ, VERSIÓN DE JAIME CAVESTANY A PARTIR DE LA OBRA DE WILLIAM SHAKESPEARE

Los Mácbez son los Macbeth. Unos gallegos y otros escoceses. Pero son los mismos. La versión de Juan Cavestany es bastante fiel al original. Se han efectuado una serie de cambios para trasladar la acción a la Galicia actual, además de readecuar todos los personajes para la puesta en escena. Reyes y condes son ahora Directores Generales y Consejeros de la Xunta. Pero los temas del poder y la corrupción siguen más que vigentes en la sociedad, por eso los clásicos siguen siendo plenamente actuales. 


La puesta en escena que propone Andres Lima es frenética. Destacan la escenografía minimalista, donde un habitáculo en forma de cubo distorsionado, con paredes blancas y tres sillas transparentes, se conforma como único espacio de actuación, además del proscenio. Solo hay dos puertas de acceso. Una perpendicular al público, a la izquierda, también distorsionada en perspectiva, y una frontal a la derecha del público y fuera del cubo. La luz se convierte así en protagonista cambiante de una acción trepidante, matizando situaciones o enmarcando los diferentes niveles cognitivos. El espacio sonoro también tiene una presencia abrumadora, siendo fundamental a la hora tanto de diferenciar como de armonizar el conjunto escénico prácticamente vacío. Por eso la extraescena es otra de las protagonistas fundamentales de esta propuesta. Fuera de escena sucece, acontece, se alude o se presagia mucho de lo que vemos en el escenario.
Los actores de reparto están sencillamente maravillosos. Todos doblan varios personajes y lo hacen a la perfección, sin que al espectador se pare a pensar o le estorbe que sean ellos mismos quienes continuamente se muestren en escena. Actuaciones contenidas o desbordantes,  multi-registro, que verifican sus cambios, incluso de vestuario, muchas veces sin salir de escena, convirtiendo el escenario en un verdadera retablo de los prodigios. Y todo ello teniendo que transmutar de la comedia a la tragedia en cuestión de segundos y cambiando radicalmente de identidad.
Macbeth era una tragedia. Es una tragedia. Pero estos Mácbez tienen un punto de comedia. De comedia macabra, diría yo. Algunos han tildado la obra de comedia negra, pero negra no puede ser cuando no es asunto de la trama averiguar la figura del asesino, que todos los espectadores conocen ya que las muertes de verifican muchas veces en escena. Comedia sangriento-filosófico-neuronal, diría yo en otro tiempo.  Pero sólo en pequeñas dosis. Que no está el poder, o los que lo detentan, para tonterías.


Y esto entronca con los protagonistas. Mácbez y la señora Mácbez. Javier Gutiérrez encarna un Mácbez cobarde y miserable, como debe de ser. Gasta un tono lloroncete y apocado que contrasta con esos momentos de efusividad y demasía. Bien, en general. Carmen Machi no está mal cuando se pone seria, aunque no logra darle ese matiz de mujer fatal y manipuladora, enigmática y sensual  que proyecta el imaginario de Lady Macbeth. Lo peor es cuando se pone histriónica, aunque no lo prodiga en esta obra, y le sale eso suyo característico, esa Aida que lleva dentro que te rompe la magia. 
Esto viene a cuento del viejo tema de los figurones televisivos en el teatro. En su derecho están de hacer teatro. Faltaría más. Algunos forman compañía o se juntan con algún avezado e intrépido productor y logran grandes resultados de taquilla y/o artísticos. Otra cosa es que en tiempos de crisis copen los protagonistas en el teatro público, desplazando a otros actores netamente de teatro, que intentan abrirse paso o mantenerse en medio de esta cruenta crisis. Ya lo digo yo….Así es la vida. 


LOS MÁCBEZ, VERSIÓN DE JAIME CAVESTANY A PARTIR DE LA OBRA DE WILLIAM SHAKESPEARE.
DIRECCIÓN: ANDRÉS LIMA.
TEATRO MARÍA GUERRERO DE MADRID.
MARTES 3 DE JUNIO DE 2014.

domingo, 1 de junio de 2014

COMO GUSTÉIS, DE WILLIAM SHAKESPEARE


Pocas veces me salgo de un teatro, y esta ha sido una de ellas. Lo siento por Shakespeare, ya que nunca habría pensado cometer tal osadía. Pero es que hay cosas...
Como gustéis es una comedia en la que el bardo deriva los conflictos palaciegos hacia un ámbito cuasi pastoril, el bosque de Arden, donde entre equívocos, pantomimas y filosofía, los amores podrán florecer lejos de la civilización, sujeta esta férreamente al egoísmo humano.
Podemos, se puede, convertir el epílogo en un prólogo. Y no pasa nada. Podemos crear una escenografía sugerente y vestir a los personajes de bonitos trajes. Podemos involucrar a un montón de artistas. Pero no podemos derrochar su talento (y el dinero de todos). Podemos transgredir a Shakespeare, pero no debemos banalizar y desactivar todos sus recursos para terminar haciendo de su obra algo soso y aburrido, falto de emoción y perspectiva. 


Denominar comedia con música para actores a esta puesta en escena es tener ganas de... justificar lo injustificable. Porque lo que parece es que se ha cogido un texto de teatro clásico, se ha añadido música de todo estilo y pelaje y se ha agitado la coctelera. Y ha salido lo que ha salido. Porque los números musicales no están justificados. No ilustran, no recalcan, no revelan, no emocionan, no nada... de nada. Simplemente se pone a toda la compañía a cantar. Y unos cantan más que otros. Algunos, decididamente, muy bien. Pero me pierdo. Me pierdo entre canción y canción. Y de canción a canción me aburro.
La parte actoral se verifica en verdadera histeria durante la primera parte. Peleas, gritos y estridencias envuelven entradas y salidas precipitadas que hace que los actores tengan que volver a escena para terminar sus parlamentos. Y otra vez, hasta la saciedad. Los personajes se rebelan ante sus oponentes y desoyen toda lógica interna en un afán de gritar más que el contario. Y para suavizar nos echamos una cancioncita. Parece que se van calmando las cosas cuando llegamos a nuestro idílico bosque, aunque ya es demasiado tarde para filosofías...


Y llega el intermedio, después de hora y media. Y queda otro tanto. Aun así, parece, según leo por ahí, que la cosa no mejora en la segunda parte, sino todo lo contrario Y me digo, y nos decimos... ¿nos tomamos una caña? Y ahí está Lavapiés, como siempre. Ajeno al crimen que se está cometiendo con uno de los más grandes poetas del teatro mundial. Y no echo ni una lágrima. ¿Es posible que yo sea un calamar?, me pregunto. Y yo mismo me respondo que no. Que así es la vida...Y el teatro. Otra vez será...


COMO GUSTÉIS, DE WILLIAM SHAKESPEARE.
TEATRO VALLE-INCLÁN DE MADRID
29 DE MAYO DE 2014