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viernes, 29 de agosto de 2014

EDIPO REY, DE SÓFOCLES

Edipo rey es una de las obras clásicas grecolatinas más plenas y canónicas del teatro occidental. Su argumento, por tanto, es archiconocido para el espectador mínimamente iniciado. Esto no suele suponer que abordar su montaje sea más fácil, sino todo lo contrario. Llevar esta obra a Mérida con una compañía extremeña es todo un reto. Frente a los figurones mediáticos y televisivos que abundan en el festival se agradece el aire fresco que traen estas otras compañías, aunque incorporen a directores de prestigio como Denis Rafter.

Este, como responsable último de la puesta en escena, ha optado en esta ocasión, y de la mano de la versión del también extremeño Miguel Murillo, por presentarnos un Edipo un tanto atípico. El planteamiento dramatúrgico parece, de inicio, restar importancia al proceso interno del protagonista para derivarla hacia los aconteceres del contubernio ciudadano. El difuminar las entradas y salidas de los personajes que marcan los nuevos hitos en el (auto)descubrimiento de las circunstancias de la trama hace que pierdan fuerza las motivaciones del protagonista. El actor que lo encarna tiene que suplir con una pizca de histrionismo lo que no deja ver un desarrollo más confuso de los acontecimientos.
Estos desplazamientos dejan un tanto indefensos a los actores para acometer la tarea, por consabida que sea, de imprimir a sus personajes una plena actualidad. No sólo el espectador y los actores saben lo que va a pasar, sino que también parecen saberlo los personajes. El mismo coro de suplicantes adolece de la fuerza para exigir al monarca que ponga fin a la desastrosa situación de la ciudad, y parece más imbuido en intrigas internas u otras cuestiones partidistas. En este contexto los diversos mensajeros (Tiresias, Creonte, pastor, etc.) se configuran más como personajes anecdóticos, en vez de ser los verdaderos portadores del cambio constante que se cierne sobre la trama.

Yocasta es uno de los personajes más fascinantes del teatro occidental. Y no puede limitarse a constatar que alrededor de ella el mundo se derrumba sin intentar insuflar a Edipo la impronta de carácter que este necesita, hasta que la realidad se muestra irreconciliable con su misma persona. Asignarle un rol hierático, del que únicamente se aparta para gimotear su desgracia, no aporta nada al personaje, pese a los intentos de la actriz de darle al mismo la mayor dignidad posible.
La escenografía, sobre el imponente fondo arquitectónico romano, se centra en unos cubos practicables que sirven tanto de trono como de pedestal, y que contienen unos extraños números, que parecen corresponder a la primitiva numeración griega denominada acrofónica o ática, y que se alinearán al final para cerrar un espacio donde se verifica la tragedia.

Lástima de puesta en escena que se extravió entre vericuetos accesorios y autoflagelaciones. A lo mejor hay que pensar si el teatro en estos grandes espacios necesita más de acciones grupales o físicas, y de menos palabras ininteligibles. Interpretar no puede ser lo mismo en una sala mínima que en un gran espacio abierto. En el teatro griego había máscaras, pero no había susurros. La gestualidad y la psicología no se habían inventado. Por eso es complicado quererlas incorporar en un medio que tiene que matar la magia de la voz en directo con sistemas de amplificación. Estos confunden las voces y crean evidentes disonancias entre los diferentes códigos o artes que intervienen en esa otra global que es el teatro.
Por cierto, el trio cantante femenino, una maravilla.





EDIPO REY, DE SÓFOCLES

DIRECCIÓN: DENIS RAFTER

VERSIÓN: MIGUEL MURILLO

INTÉRPRETES: José Vicente Moirón-Edipo, Memé Tabares-Yocasta, Gabriel Moreno-Creonte, Javier Magariño-Tiresias, Juan Carlos Castillejo-Sacerdote, Camilo Maqueda-Mensajero, Jesús Manchón-Pastor, Francisco Quirós-Coro de suplicantes, Pedro Luis López-Coro de suplicantes, Javier Herrera-Coro de suplicantes, Ana Jiménez-Cantante /Coro de suplicantes, Ana Márquez-Cantante /
Coro de suplicantes, Laura Ferrera-Cantante /Coro de suplicantes, Pilar Brinquete-Criada, Vera Avellano-Antígona niña, Nuria Mordillo-Ismene niña

TEATRO ROMANO DE MÉRIDA

UNA COPRODUCCIÓN DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA Y TEATRO DEL NOCTÁMBULO.

24 DE AGOSTO DE 2014

miércoles, 9 de octubre de 2013

LOS GEMELOS, DE PLAUTO



Para iniciar el blog contradiciéndome, abandono Madrid por un instante. No hay lugar parecido a Mérida para dejarse acurrucar por los brazos de Thalia y experimentar el teatro como es imposible hacer en otro lugar.  Su teatro romano posee una atmósfera especial que hace la experiencia inolvidable.  Las temporadas teatrales no se sabe si empiezan o acaban en el Festival  Internacional de Teatro Clásico de Mérida.  Yo prefiero pensar que son el inicio de lo que vendrá, aunque muchas veces sus propuestas carezcan de un mayor recorrido por otros escenarios. Este festival de verano es un evento, ya tradicional en el mundo del teatro español, que ha pasado por infinidad de vicisitudes. A pesar de los pesares, el festival prosigue su andadura año tras año y es un referente ineluctable y necesario, junto a Almagro, en la puesta en escena del teatro clásico.

Este año asistí a la representación de “Los Gemelos” de Plauto. Es de agradecer, aunque sea por razones puramente económicas, que puedan tener cabida espectáculos de compañías locales o producciones de menor presupuesto, dentro de un festival de algunas veces ha pecado de grandilocuencia. Bajo la dirección de Paco Carrillo la puesta en escena de esta comedia latina ha adquirido tintes de vodevil y de carnaval que han hecho posible una aproximación muy actual a un género y una obra de cuentan con más de dos mil años. Escénicamente ya se intuye por dónde van los tiros cuando vemos algunas caras de conocidísimos políticos entre las guirnaldas decorativas colgadas sobre el fondo de columnas del escenario emeritense.

Para ser justos, y antes de avanzar en el análisis del espectáculo, hay que resaltar en este punto que estos políticos eran sólo de un color, obviándose los del otro color. Al estar los del primer color en el gobierno puede que no hubiera nada que objetar, pero si pensamos que esta  CC.AA. ha estado gobernada treinta años por los del otro bando, la cosa queda poco ecuánime. Sobre todo si pensamos que la magnífica versión que amparaba el espectáculo, realizada por Florián Recio, incidía mucho más en una crítica genérica a la clase política, sus privilegios y sus pertinaces e impagables (e impagados) errores o abusos.

En este sentido la versión en cuestión actualiza de una manera grácil, divertida e, incluso, despiadada  todo este climaterio ruinoso en el que nos hayamos todos hundidos. En este aspecto viene a abundar la negativa de algunos actores de la obra, que no quisieron acudir a la gala de los premios Ceres que se dieron unos días después, donde esta obra recibió el premio del público, debido a que en la misma se había gastado muchísimo más dinero que lo que se gasta en un año en subvenciones al teatro extremeño.  Otros miembros de la compañía sí acudieron. Ahí queda el caso, para la reflexión.

Ese toque carnavalesco que se intenta imbuir a toda la representación viene aderezado con la inclusión de una especie de charanga, a la que se denomina  “La Banda de Plauto”, que ameniza el inicio y final del espectáculo. A este respecto sólo me gustaría indicar que, si se propone la inclusión de la misma en la puesta en escena, se le puede sacar mayor rédito y no tener a los pobres músicos el noventa por ciento del tiempo  de la representación mirando lo que hacen los actores.

El escenario está compuesto (siempre desde el punto de vista del espectador) a la derecha por la casa de Marco, a la izquierda la de Erotia, y un centro con las escalinatas, que salen de escena por detrás, donde se ficcionalizan el resto de los espacios necesarios. El ritmo de la música, una iluminación colorista, un maquillaje exuberante  y un vestuario divertido, hacen de toda la puesta en escena un canto al divertimento, la risa, la carcajada, el revuelo y la originalidad. Y todo ello sin perder de vista ni un segundo el legado latino.

Actoralmente el tono es farsesco, caricaturesco y con elegantes toques de clown. Los dos gemelos se complementan a la perfección.  Pese a la similitud de los gemelos que encarnan,  los actores son capaces de dotar a sus personajes de esa chispa distintiva que los hace diferentes. Erotia se configura como una escultural, y a la vez, cándida prostituta dotada de un marcado acento andaluz que la hace desternillante. Los criados o esclavos dotan al conjunto del oportuno dinamismo para que los juegos de errores y malentendidos tengan la eficacia deseada.  Migajas y Melindre están soberbios dando el contrapunto a sus dueños y señores. Pero seguramente es la criada de Erotia la que logra conformar un personaje destacable que provoca la hilaridad por sí mismo, con su forma de hablar y de moverse que recuerda casi a un muñeco de cachiporra. Desde un tono extremadamente cándido, es la mujer de uno de los gemelos  la que consigue llevar al público al paroxismo, sobre todo en su primera aparición. Su ingenuidad mezclada con sosería en son mayor, así como una dicción arrastrada y cadenciosa, y todo ello junto unos movimientos delicados y casi imperceptibles, como a saltitos, hacen que este personaje lleve a la comedia a sus puntos culminantes.  Quizá el cambio de suegro por suegra con disfraz imposible sea uno de los puntos que no logran estar a la altura del resto de la comedia, pese al esfuerzo encomiable de la actriz encargada del papel.

En resumen, podemos hablar de una magnífica actualización de esta comedia de Plauto, cuya puesta en escena llega al espectador con una increíble actualidad, un gran dinamismo y como un eficaz divertimento. Gran producción, exenta de figurones, que merecería girar por toda España debido a que es un espectáculo apto para todas las edades y  públicos, tanto por sus diversos niveles de lectura como a su perfecta factura formal.





LOS GEMELOS DE PLAUTO
Dirección: Paco Carrillo.
Versión:  Florián Recio.
Intérpretes: Fernando Ramos,  Esteban García Ballesteros, Pepa Gracia, Juan Carlos Tirado, Ana García, Nuria Cuadrado, Pedro Montero  y Luisa Hurtado (por orden: Marco, Pedro, Erotia, Migajas, esposa de Marco, esclava de Erotia, Melindre y suegra), más la banda de Plauto.
Teatro Romano de Mérida. Miércoles 21 de agosto de 2013.