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jueves, 13 de febrero de 2014

TÉTRADA, CUATRO PIEZAS DE HAROLD PINTER



Harold Pinter se ha convertido después de su muerte en 2008, y de la obtención del Nobel en 2005, en un dramaturgo de referencia en el teatro contemporáneo. En general su obra no ha sido muy bien tratada por los escenarios. En España era prácticamente un desconocido hasta que durante los años referenciados alcanzó cierta notoriedad por sus posiciones políticas en contra de la guerra en la antigua Yugoslavia, así como en Irak y Afganistán. En los últimos años se han estrenado aquí algunas de sus grandes obras como No Man’s Land (1974), The Careteker (1959), The dumb waiter (1957) y Old times (1970).

Yo descubrí a Pinter, de la mano de Sanchís Sinisterra, hace unos quince años. Señalado por algunos como epígono de Beckett, ni siquiera la concesión del Nobel supuso que se editara decentemente en España. Aparte del ya legendario libro editado por Hiru y poco más (También está editada su novela Los enanos y algunos poemas), sólo se puede recurrir a lo que llega de Argentina de la mano de la la editorial Losada.

Muchas de sus obras son un un formato breve, por lo que su plasmación escénica entraña una dificultad añadida. Este formato, sin embargo, invita a espacios reducidos donde la distancia con el espectador es menor. Tétrada, cuatro piezas de Harold Pinter hace referencia precisamente a eso. A que se trata de una puesta en escena de cuatro piezas. La Compañía La puerta Estrecha ha sido la osada que ha implementado la misma. 

 La primera pieza se titula Con precisión y es un diálogo breve entre dos altos ejecutivos alrededor de fijar con detalle una cantidad. Partiendo de aquello de que no se pueden sumar peras con manzanas, cualquier unidad de medida tiene que precisar exactamente aquello a lo que refiere. No es lo mismo hablar de unos beneficios de determinados millones que de exterminar a esa misma cantidad de seres humanos. Lo importante no es la cantidad sino la cualidad de aquello que se cuenta y el uso, o destino, que le vamos a dar. No sólo es una cuestión de dosis. Se trata, por tanto, de una paradoja de transfondo político donde se evidencia la banalidad de la sociedad actual que lleva los discursos a extremos inverosímiles. La escenificación se presenta en un primerísimo plano, debido a que el primer término del escenario está prácticamente pegado a los espectadores. Una mesa con dos copas y los dos ejecutivos sentados a cada lado enmarcan el conjunto vacío de camara negra. Contención actoral y luz cenital para resaltar el maquillaje de los rostros vuelven la escena inquietante ante un desarrollo imprevisible.

Una especie de Alaska es la segunda pieza. Es la más larga de las tres y el núcleo central de la representación. En la misma una mujer despierta después de 29 años de un extraño coma. No es consciente de que haya transcurrido dicho tiempo, por lo que entre el médico y su hermana intentarán hacer que asimile la nueva realidad. Se plantea, por lo tanto, una situación excepcional donde los personajes están en planos diferentes y deben de converger para poder entenderse. Una cama al fondo a la derecha y una silla, así como una mesa y otra silla en primer término a la izquierda configuran una escenografía mínima que otorga toda la carga dramática a los personajes. Estos parecen emerger de la nada para enfrentarse con esta compleja situación. Esta requiere más que una caracterización típica el esfuerzo por captar un tiempo concreto donde se verifican todas las contradicciones que pueblan el ser humano. Otra vez la ansiada contención es la premisa actoral fundamental para imbuir al espectador en pocos segundos en una situación paradójica, tensa y eminentemente dramática.

En tercer lugar se representa El nuevo Orden Mundial. Al igual que la primera parece pertenecer a un grupo de piezas más políticas, donde prima el poder de la palabra frente a la configuración situacional. En este caso esta está algo más desarrollada con una persona atada en una silla y con los ojos vendados. A su alrededor dos hombres parecen disponerse a torturarla, pero sin llegar a tocarla. Ellos mismos incurrirán en sus propias contradicciones y, también, las superarán sin aparente sufrimiento para sí mismos, mientras que el preso recibe toda la información en detrimento de su propia suerte. Tampoco hay aquí alardes ni exhabruptos actorales. Las botas militares que se calzan los interrogadores bastan para generar una situación de gran tensión.

La última pieza es Estación Victoria. Es este un diálogo, de corte más absurdo, donde el encargado de una centralita telefónica de taxis contacta con un taxista imposible que provocará una gran hilaridad. Esta es debida tanto a la desesperación del teleoperador como a la indiferencia del taxista, que provoca un desacoplamiento de los planos, tanto físicos como mentales. El encaje viene del sonido electrónico que los une, ya que para simular la conversación telefónica se microfonizan sus voces, aunque físicamente sólo les separen dos metros. De espaladas formando una diagonal sobre el escenario sus miradas no pueden converger. La incapacidad de comunicación se sitúa así en el punto central de una situación que necesita del contraste de tipos de actuación que oscila drásticamente desde la indignación a la indiferencia.

Lo único que no termina de funcionar en esta Tétrada es precisamente el sentido global de representación o puesta en escena. No es ningún sacrilegio montar varias obras de teatro breve y reunirlas en una función. Pero resulta mucho más interesante dotar al conjunto de algún nexo escénico, más allá de las cocomitancias escenográficas o temáticas. Algún tipo de hilazón puede dotar al conjunto de un mayor empaque, que para el espectador supondrá la reafirmación de cada una de sus partes. El que se inicie la obra con todos los actores en escena e interactúen entre ellos no ayuda a crear ese clima(x) necesario para transitar entre las piezas. Aunque sí que destacaría la preciosa elección de la música inicial.

  




Tétrada - Cuatro piezas de Harold Pinter
Con Precisión. Una especie de Alaska. El Nuevo Orden Mundial. Estación Victoria
Compañía La Puerta estrecha
Intérpretes: José Gonçalo País, Samuel Blanco, Sayo Almeida y Eva Varela Lasheras
Dirección, espacio escénico, vestuario y traducción: Eva Varela Lasheras
Música: Glenn Gould - Sonata para piano en Mi menor, Op. 7 de Edvard Grieg
Teatro LA PUERTA ESTRECHA de Madrid.
Miércoles 12 de febrero de 2014. 12-15 euros.

viernes, 22 de noviembre de 2013

TÍO VANIA, DE CHÉJOV



La compañía La pajarita de papel presenta en el teatro La puerta estrecha una nueva puesta en escena de Tío Vania de Antón Chejov. Es esta una de las obras más representadas del autor ruso y un estandarte de lo que se considera como teatro contemporáneo. 

Las obras de Chéjov no atienden decididamente a una trama casual, omnipresente, que determina el desarrollo secuencial (escénico) de la obra. Su particular forma de hacer se preocupa más por la creación de un ambiente, dónde unos personajes determinados exponen y muestran sus vidas mediante acciones aparentemente insignificantes. La fábula suele estar la mayor parte del tiempo velada y sólo irrumpe en escena para confirmar aquello que los personajes ya saben o sienten, precipitando el desarrollo de los acontecimientos.

Este teatro de personajes, que de todo se ha dicho sobre el mismo, cuenta normalmente con una nómina de papeles bastante amplia para repartir, por lo que su puesta en escena en salas pequeñas supone un desafío y una dificultad mayor.  La aparente falta de acción determina muchas veces que la puesta en escena tiene que saber captar ese ambiente interno, esa atmósfera densa que rodea a los personajes, ese ambiente en el que suceden las cosas y sin cuya comprensión puede dejar el conjunto como algo inconsistente. De ahí el fracaso de muchos montajes de larga duración que terminan por aburrir al espectador cuando están fuera de tono o no son capaces de establecer entre los personajes la necesaria tensión interna que marca su devenir en la fábula o historia.

Hacer Tío Vania en hora y cuarto tiene su mérito. Y sus riesgos. La propuesta de Rodolfo Cortizo gira en torno a la escenificación de lo esencial. Los personajes se reducen de 9 a 6, por lo que quedan fuera el obrero (cuya intervención es de figurante), María Vasilievna (el rol de la abuela de Sofía se funde un tanto con el de Marina, la vieja nodriza) y Teleguín (terrateniente borrachín que es más comparsa que otra cosa).  Se eliminan o reducen la mayor parte de los parlamentos redundantes y relativos a la ociosidad y el hastío que atrapa a los personajes. Se reestructuran y fusionan algunas escenas para conseguir un ritmo más ágil, intentando no perder esas sensaciones más propias de tiempos lentos.  El conjunto se hace así más compacto y funciona tanto a nivel de la fábula como del subtexto.


La interpretación, por tanto, resulta algo más vigorosa aunque intenta no caer en el apresuramiento.  Las mujeres están, desde mi punto de vista, más ajustadas al sentido chejoviano. Elena intenta, por todos los medios, no hacerse eco del efecto que produce en los hombres, mientras que Sonia lleva su amargura con una infantil resignación que, irónicamente, permitirá la vuelta a la cordura y la normalidad. Marina será ese contrapunto necesario de calma y mesura para que todo el conjunto se mantenga contenido. El profesor expresa y recalca en demasía su permanente enfado. El doctor quizá anda un pelín chulesco. Y Vania, probablemente, anda un tanto desesperado antes de tiempo. Los tres hombres abusan del alcohol, pero quizá abusan de la botella cuando debieran ser hombres más de vaso, algo más cultivados. La dicción argentina de Vania y el doctor cuesta un poco interiorizarla para el espectador español, pero con el paso de los minutos parece ir disipándose su efecto. No intento trivializar esta cuestión, ya que ha sido, es y puede ser el motivo de muchas disonancias escénicas el que los acentos y la dicción no estén bien ponderados. Y sobre todo cuando el elenco es mixto y los acentos no responden a cuestiones dramatúrgicas.

Para envolver y atrapar al espectador se ha recurrido a una escenografía que integra el dentro-fuera, con tres árboles que enmarcan sillas y mesas. Una ventana al fondo hace de foro, detrás de la cual entran y salen los actores hacia una extraescena (prolongada también por la puerta de acceso a la sala) cambiante que contribuye a configurar el propio espacio escénico.

Buena labor la desarrollada por el teatro La puerta estrecha, que mantiene diversas obras a la vez en cartel y durante tiempo prolongado, expurga clásicos de todas las epocas, da cancha a compañías invitadas y mantiene compañías tipo residentes. 

Programa de mano



TÍO VANIA, DE ANTÓN CHÉJOV
COMPAÑÍA LA PAJARITA DE PAPEL
Intérpretes
Marina: Concha Roales -Nieto,  Doctor: Nicolás Fryd, Tío Vania: Rodolfo Cortizo, Padre: Tucho, Sonia: Victoria Peinado Vergara, Elena: Patricia Domínguez del Pino
Dirección: Rodolfo Cortizo
Escenografía, Vestuario y Atrezo: La Puerta Estrecha
TEATRO LA PUERTA ESTRECHA DE MADRID
MARTES 19 DE NOVIEMBRE DE 2013
(http://www.teatrolapuertaestrecha.org/)  
Los martes, paga lo que puedas.